capítulo 1
de un borrador provisionalmente titulado piscina comunitaria
1
El socorrista todavía no ha llegado y ya hay tres tumbonas ocupadas con toallas. Las de la esquina, las que pillan sombra a partir de las cuatro. Miro el reloj: 7:02. La piscina abre a las ocho. Hay gente que siempre quiere ser el primero en algo. El primero en leer un libro, el primero en decir «yo ya los escuchaba antes», el primero en levantarse del tren aunque queden diez minutos para llegar, el primero en decir «yo ya la vi» cuando alguien recomienda una serie o el primero en darle al botón del ascensor como si así llegara antes.
Me apoyo en la barandilla. Está fría. Desde aquí arriba el agua parece otra cosa: grande, limpia, uniforme. Desde abajo se ven las juntas negras y, si te fijas, los pelos cerca del filtro, pero desde aquí todo parece perfecto.
El reloj vibra. Calidad del sueño: deficiente. 56%.
Me quedo mirando el número como si fuera a cambiar. No cambia.
Me da rabia. Abro el móvil para distraerme y lo primero que veo es que es miércoles. Lo segundo, Instagram.
Una influencer que sigo desde hace años ha subido una story de morning routine. Hace café con una cafetera italiana y lo enseña como si lo hubiera inventado. Yo también tengo una, pero usamos cápsulas porque Álvaro dice que la italiana ensucia demasiado. La cafetera italiana vive escondida en el armario de arriba, detrás de un molde desmontable que nunca usamos. Me suena que ese molde lo compré una noche por una oferta que me salió haciendo scroll, como si el algoritmo supiera exactamente qué necesito a las dos de la mañana.
A las 7:15 exactas la depuradora empieza a zumbar. Es un sonido bajo, constante. Me calma porque no me pide nada. No me pregunta qué tal. No me manda un audio. No me dice que tengo mala cara. Creo que es lo que llaman ruido blanco y ese zumbido me tiene hipnotizada mirando cómo el agua hace esa curva hacia el filtro, cómo se forman ondas pequeñas que desaparecen enseguida. Luego claro, pienso que el ruido que me calma es el que está tragándose los pelos, los restos, la vida de los demás. Pero desde aquí, desde el balcón, todo es fácil.
Detrás de mí se oye el clic de la cafetera de cápsulas. Después el chorro corto, preciso. Álvaro tarda dos minutos justos en salir al balcón con dos tazas. Siempre tarda lo mismo. Nunca derrama café. Me ofrece una. La otra se la toma casi de un sorbo, el primer café siempre solo. Dice que así se despierta mejor.
Lleva la camiseta puesta, el pelo todavía con marcas de almohada en un lado, y tiene esa cara de recién levantado que a mí me da envidia porque en él parece descanso y en mí suele parecer resaca aunque no haya salido. Mira la piscina primero y después a mí.
—¿Qué tal?
Yo le enseño la muñeca sin hablar, el gesto de siempre, y él hace ese ruido mínimo con la lengua.
—¿Otra vez?
No lo dice enfadado. Lo dice como si el 56% fuera una respuesta que ya se esperaba. Me abraza por detrás. Me atrapa con los brazos grandes y me aprieta lo justo. Álvaro mide casi veinte centímetros más que yo y cuando se me pega así me pasa una cosa que me da vergüenza reconocer: necesitar que alguien me agarre fuerte para sentir que no me voy a caer. Él no pregunta nada más. Sólo está.
Luego se separa un poco.
—Igual tienes que tomar valerianas —dice serio.
Me hace gracia por dentro, pero no me sale la risa. Asiento con la cabeza para que se quede tranquilo, que es lo que hago muchas veces: darle un «vale» a sus soluciones para que no piense que no hay solución.
Nos quedamos mirando el agua como si estuviéramos viendo un documental. Pasa una paloma por el borde. Bebe. Se va. Álvaro se apoya en la barandilla sin mirar abajo del todo. Dice que tiene vértigo, pero trabaja en una planta 31 sin problema. El vértigo depende del contexto.
—Hoy tengo call con Londres a las ocho y media —dice—. Si quieres, cuando vuelva bajamos a las tumbonas.
Asiento. No bajamos casi nunca, pero me gusta la idea. Me gusta más la idea que el uso. Me gusta imaginarme allí abajo, con la toalla bien puesta, con el sol en la cara, como si yo fuera una persona normal que se tumba sin pensar. Me gusta imaginar que bajo y no me fijo en los cuerpos, ni en el mío, ni en el de nadie.
Lo dejo en la terraza y voy al baño. Abro el cajón inferior. Debajo del neceser azul, dentro de una caja de ibuprofeno vacía, está el blíster. Me tomo medio comprimido. Lo parto doblándolo, haciendo fuerza y la línea nunca me queda exacta. Me da bastante rabia. Me lo tomo con agua del grifo sin hacer apenas ruido.
La luz del espejo es demasiado blanca. Me veo más pálida que ayer. Me acerco. Me separo. El cuerpo cambia según la distancia. También según la luz. También según el día. También según lo que hayas pensado antes de mirarte. Me paso el dedo por una ojera como si así pudiera borrarla. Me recoloco el pelo detrás de la oreja pero no cambia nada.
Cojo la báscula que guardo detrás del bidé. Me subo y me quedo quieta esperando a que se quede fijo el número. No sube ni baja lo suficiente. Me bajo y me vuelvo a subir, por si fuera a cambiar algo. No cambia. Me quedo mirándolo y pienso sin querer pensar, que quizá estoy en medio de todo: entre gorda y delgada, entre joven y vieja, entre fuerte y débil. En medio es lo peor porque no hay excusa. Si estás muy mal, alguien te ve. Si estás muy bien, también. En medio solo te ves tú.
Vuelvo al dormitorio y Álvaro ya tiene la camisa planchada sobre la cama, extendida. Tiene su ritual: la saca del armario, la sacude una vez y la deja reposar unos segundos, como si la tela tuviera que acostumbrarse al aire. Luego se la abrocha empezando por el segundo botón, nunca por el primero.
—¿Te duchas tú primero? —pregunta, riéndose.
Siempre pregunta lo mismo aunque sepa la respuesta.
Mientras él se ducha, yo abro Instagram otra vez. La influencer ahora está meditando en una esterilla beige. «Gratitud», escribe. Miro el precio: 89 euros. Me parece razonable durante tres segundos. El tiempo exacto en el que mi cabeza confunde «comprar» con «arreglar». Cierro. Vuelvo a abrir. La añado al carrito. No la compro. Me gusta esa sensación de tener algo pendiente, como si el futuro fuera solo un paquete que va a llegar dentro de dos días y ahí se arreglase algo.
Álvaro sale del baño terminándose de secar, con el pelo húmedo y la toalla en la cintura y por un segundo todo parece normal.
—Acuérdate de que hoy cenamos con Marcos y Laura.
Asiento otra vez. Marcos y Laura llevan ocho meses intentando quedarse embarazados. Embarazados, en plural, porque Marcos lo dice siempre en plural. «Estamos en fase lútea», «estamos con la temperatura basal», «estamos con el ácido fólico». La última vez que cenamos sacaron el móvil en mitad de la mesa, apartaron los platos y nos enseñaron una app con un calendario de colores. Verdes, rojos, una gota, un corazón. Laura decía una cosa en bajito y Marcos la corregía en alto. A mí se me quedaron pegadas las palabras: Pico de LH. Ventana fértil. Fase folicular. Lo de la fase lútea también: catorce días, aproximadamente. El tiempo en el que se supone que no puedes hacer nada más que esperar. Marcos lo decía como si fuera un entrenamiento: ahora toca aguantar, ahora toca no ilusionarse, ahora toca estar atentos. Todo es lo que toca.
Me meto en la ducha. Primero agua fría treinta segundos. Después la caliente. Lo he visto en un reel y lo guardé, como guardo todo: rutina de mañana, de noche, estiramientos para la espalda, respiraciones, desayunos antiinflamatorios con semillas que no tengo. Tengo cientos guardados. Los guardo como si guardarlos fuera hacerlos. Como si el yo del futuro fuera una chica de anuncio que un día se levanta y, por fin, se pone.
Bajo la barbilla y dejo que el agua me caiga por la nuca. Me quedo quieta contando. Treinta. Treinta y uno. Treinta y dos. Me obligo a pensar en cosas pequeñas: el chorro, el ruido, la baldosa fría bajo los pies. Si pienso en otra cosa, se me tensa el estómago.
Me miro un segundo en el espejo empañado y solo veo una mancha. Me gusta esa versión de mí. Me seco deprisa. Me enrosco la toalla fuerte en el pelo y vuelvo al balcón. Cojo el tabaco de la mesa, enciendo un cigarrillo, y el móvil vibra otra vez.
Hoy entregaremos tu pedido.
No recuerdo qué he comprado. Me pasa bastante. Recuerdo el momento exacto de meter algo al carrito, el alivio de darle a comprar, confirmar con la app del banco y sentir «ya está». Luego se me borra. Cuando llega el paquete parece que lo hubiera pedido otra persona. Una persona más tranquila. Una persona que sabe lo que hace.
Álvaro, desde el pasillo, ya con prisas, me dice que lo pase bien y que no trabaje mucho y que me quiere. Lo oigo abrir la puerta, las llaves, el paso rápido. Yo digo «yo también» con la voz de siempre.
Apuro el cigarro y entro. Cojo el vaquero de siempre, el que me sirve, y me lo subo sin mirarlo. En la cadera se engancha un segundo y yo tiro sin respirar del todo. Entra. Abrocho el botón y me quedo con el dedo apoyado en el metal. Me miro de frente, de perfil, y bajo la vista a la tripa, siempre. Me da rabia bajar la vista y aun así la bajo. Meto el abdomen. Lo suelto. Lo vuelvo a meter. No cambia nada y, sin embargo, sigo haciéndolo.
Me pongo una camiseta blanca oversize y me la meto por dentro por delante, el truco de siempre. No disimula o disimula lo suficiente para salir de casa. Me dan ganas de quitármelo todo y volver a meterme en la cama, porque en la cama no hay espejo y no hay gente y no hay comida y durante un rato tampoco hay yo.
Me recojo el pelo rápido. Corrector debajo de los ojos, un poco de rímel, pendientes pequeños, perfume en las muñecas. Me las froto una con otra sin pensar y me las huelo. Me gusta oler bien.
Cojo el bolso. Llaves. Móvil. Y bajo.


